De pequeña leí un libro en el que un enano le daba al protagonista un libro en miniatura y una lupa con la que leerlo. De esta forma el muchacho empezaba a leer el librito y se iba desarrollando otra historia dentro de su propia historia. Se abría la muñeca rusa y aparecía así otra más pequeña.
El otro día, en un sueño, experimenté algo parecido. Sucedió así.
El otro día, en un sueño, experimenté algo parecido. Sucedió así.
Me voy sola a una manifestación contra la reforma laboral. Cuando estoy allí es de noche y no consigo hacer buenas fotos, todas salen borrosas. La multitud se dispersa: es hora de irse. Estoy seca, me muero de sed. Me compro una botella de agua en un chino por veinte céntimos. Miro con recelo al dependiente, que no es chino, y le doy las gracias. Me espera una larga vuelta a casa en metro. La línea amarilla es circular y hay muy pocos trenes. Además me equivoco de dirección y tengo que volver a mi punto de partida. No me importa. Estoy enfrascada en la lectura de una novela apasionante.
Empiezo a leer sentada en un banco del andén. No llevo ni media página cuando la pantalla que está en la vía, la del “Canal Metro”, empieza a proyectar la novela que me estoy leyendo justo en el punto que señala mi marca-páginas. “Más cómodo ver que leer”. Cierro mi libro y me acerco a la pantalla, al igual que el resto de la gente que espera al tren, que nos vamos juntando como en una sala de cine. Se apagan las luces y nos metemos en la cabeza de la protagonista. Está enamorada de un tipo que la mantiene enganchada y que la consigue manejar a su antojo hasta límites insospechados. Y es que lo hace a través de sus sueños. Ella duerme y estamos en su cabeza. Él la guía y le dice lo que hacer. Ella lo sabe y lo acepta: es capaz de entregarse completamente por el hombre que ama.
Se oyen risas en la sala, es decir, en el andén. Desde el techo se anuncia que el “tren va a efectuar su entrada en la estación”. Fundido en negro. Se encienden las luces, la gente se pone en pie mientras comentan entre ellos lo que acaba de pasar en la novela. Me meto en el vagón y la estación se queda vacía, desolada.
Son las siete y media de la mañana. De fondo se oye el cantar de un gallo.

Empiezo a leer sentada en un banco del andén. No llevo ni media página cuando la pantalla que está en la vía, la del “Canal Metro”, empieza a proyectar la novela que me estoy leyendo justo en el punto que señala mi marca-páginas. “Más cómodo ver que leer”. Cierro mi libro y me acerco a la pantalla, al igual que el resto de la gente que espera al tren, que nos vamos juntando como en una sala de cine. Se apagan las luces y nos metemos en la cabeza de la protagonista. Está enamorada de un tipo que la mantiene enganchada y que la consigue manejar a su antojo hasta límites insospechados. Y es que lo hace a través de sus sueños. Ella duerme y estamos en su cabeza. Él la guía y le dice lo que hacer. Ella lo sabe y lo acepta: es capaz de entregarse completamente por el hombre que ama.
Se oyen risas en la sala, es decir, en el andén. Desde el techo se anuncia que el “tren va a efectuar su entrada en la estación”. Fundido en negro. Se encienden las luces, la gente se pone en pie mientras comentan entre ellos lo que acaba de pasar en la novela. Me meto en el vagón y la estación se queda vacía, desolada.
Son las siete y media de la mañana. De fondo se oye el cantar de un gallo.