20 abril 2012

El ojo que todo lo escucha

Hace un tiempo leí un reportaje acerca de un chico muy especial. Especial porque tiene algo que tú y yo no tenemos: un tercer ojo. Además es un ojo mágico, porque no sirve para mirar, sino para oír. ¿Y qué es lo que oye? Pues solamente oye una cosa, o más bien, muchas cosas: los colores. Igual que ciertas plantas alucinógenas consiguen alterar nuestros sentidos, a él se lo consigue hacer su ojo. ¿Y por qué? Pues porque resulta que el chico es monocromático; bueno, no él, sino todo lo que ve. Él tiene lo que se llama acromatopsia. Por eso su tercera retina le va diciendo de qué color son las cosas en forma de notas musicales. Azul: do sostenido. Rojo: fa. Y así con todo el arcoiris. El chaval además es músico, así que su tercer ojo no le va a engañar ni lo más mínimo.

Después de un tiempo, lo volví a ver en el telediario, y salía contando los problemas que tiene en ciertos sitios como el cine, porque creen que va a piratear la peli, o en manifestaciones, porque creen que está haciendo vídeos, o en aeropuertos. No me quiero imaginar el tiempo que tiene que destinar a pasar los controles de seguridad. “Quítese usted eso” “Que no me lo puedo quitar, que es mío” “¿Cómo que no? ¿A que te lo quito yo?” “Señor, que esto es como si le quito a usted el brazo”. Y así con todos los viajes. Vaya tela. Por eso el chaval ha conseguido que le reconozcan gubernamentalmente como ciborg, es decir, persona con un dispositivo cibernético incorporado. Y es todo un mérito porque es el primero en conseguirlo. Tanto que hasta sale en la foto de la Wikipedia.

Bueno, pues una vez más (llamémosle por su nombre) Neil Harbisson se volvió a cruzar en mi vida, pero esta vez literalmente. Lo ví a lo lejos en una calle de mi barrio. “Anda, ¡es él!” No me lo podía creer. “¡Pero si vive en Barcelona!”. Así que según nos acercábamos le volví a mirar, él se dio cuenta, le volví a mirar con una sonrisa. Me devolvió tímidamente la sonrisa; le salude con la mano y le dije “¡Hasta luego!”. “¡Hasta luego!”, me dijo él.

Todavía me pregunto qué melodía le produje.

16 abril 2012

Parapluie

Hace un par de años, al llegar a México, me advirtieron del fenómeno que se produce entre junio y octubre en ese país: la época de lluvias. Hecho curioso que hizo que mis amigos me regalaran algo que jamás pensé que nadie haría para alguien que cumple los años en julio: un paraguas.

A mi vuelta a España me dijeron que aquí también estaba cayendo una buena ahí fuera. Así que metí el paraguas mexicano en mi bolso y salí a la calle. “Encontrar una aguja en este pajar es toda una lotería”, me advirtieron.

Así pues, decidida, cogí los números de la suerte, tiré los dados y el crupier pronunció mi nombre.

Y así fue cómo, en plena época de lluvias españolas, encontré trabajo.

Gracias paraguas.

14 abril 2012

03 abril 2012

Muñecas rusas

De pequeña leí un libro en el que un enano le daba al protagonista un libro en miniatura y una lupa con la que leerlo. De esta forma el muchacho empezaba a leer el librito y se iba desarrollando otra historia dentro de su propia historia. Se abría la muñeca rusa y aparecía así otra más pequeña.

El otro día, en un sueño, experimenté algo parecido. Sucedió así.

Me voy sola a una manifestación contra la reforma laboral. Cuando estoy allí es de noche y no consigo hacer buenas fotos, todas salen borrosas. La multitud se dispersa: es hora de irse. Estoy seca, me muero de sed. Me compro una botella de agua en un chino por veinte céntimos. Miro con recelo al dependiente, que no es chino, y le doy las gracias. Me espera una larga vuelta a casa en metro. La línea amarilla es circular y hay muy pocos trenes. Además me equivoco de dirección y tengo que volver a mi punto de partida. No me importa. Estoy enfrascada en la lectura de una novela apasionante.

Empiezo a leer sentada en un banco del andén. No llevo ni media página cuando la pantalla que está en la vía, la del “Canal Metro”, empieza a proyectar la novela que me estoy leyendo justo en el punto que señala mi marca-páginas. “Más cómodo ver que leer”. Cierro mi libro y me acerco a la pantalla, al igual que el resto de la gente que espera al tren, que nos vamos juntando como en una sala de cine. Se apagan las luces y nos metemos en la cabeza de la protagonista. Está enamorada de un tipo que la mantiene enganchada y que la consigue manejar a su antojo hasta límites insospechados. Y es que lo hace a través de sus sueños. Ella duerme y estamos en su cabeza. Él la guía y le dice lo que hacer. Ella lo sabe y lo acepta: es capaz de entregarse completamente por el hombre que ama.

Se oyen risas en la sala, es decir, en el andén. Desde el techo se anuncia que el “tren va a efectuar su entrada en la estación”. Fundido en negro. Se encienden las luces, la gente se pone en pie mientras comentan entre ellos lo que acaba de pasar en la novela. Me meto en el vagón y la estación se queda vacía, desolada.

Son las siete y media de la mañana. De fondo se oye el cantar de un gallo.

30 marzo 2012

Porque sí

El otro día comiendo con unos amigos, uno de ellos cometió un pecado mortal. Dijo “Pásame el salero, pero en la mesa por fi”. No sabía lo que acababa de hacer: había delatado una de sus más íntimas manías. Gusto, placer, superstición o lo que fuere, pero una manía. ¿Que no soportas tomarte el café si no es hirviendo? Manía ¿Que solamente comes el pan del día anterior? Manía. Y así sucesivamente.

Así que un poco por solidaridad y un poco porque sí, voy a desvelar una manía de alguien que podría ser yo, podrías ser tú, podría ser tu vecino.

Se resume así: mano derecha-calle-anillo. Es decir, como si de un abrigo se tratase, no puedo salir a la calle sin un anillo en la mano al que sacar a pasear. Una vez llego a mi destino, pueden pasar una de estas tres cosas:

1.- Me quito el anillo y me olvido de dónde lo he dejado. Lo bueno es que la mayoría de las veces lo encuentro.
2.- Me quito el anillo y lo guardo en el bolsillo del pantalón o en el bolso, siempre a mano no vaya a ser que lo pueda necesitar en cualquier momento.
3.- No me quito el anillo. Consciente de que está ahí en mi mano, de vez en cuando lo toco, no vaya a ser que en algún despiste me lo haya quitado y puesto quién sabe dónde.

¿Que por qué sucede esto? ¿Acaso se puede elegir? No somos más que víctimas de una manía absurda. ¿No le pasa eso a todo el mundo? Algunos piensan que solamente se hace por llamar la atención y otros solamente por incordiar.

Yo me inclino más por los que sugieren: “Tú, chica, háztelo ver”.

23 marzo 2012

Misterios sin resolver

En mis ratos libres me estoy leyendo una novela policíaca, de esas en que hay que resolver un asesinato. El protagonista es un ligón y no para de conquistar a todas las chicas a las que interroga. Yo me imagino a un tío buenorro. Aunque luego viene una película y te lo tira todo por tierra… mira lo que le hicieron a Mikael Blomkvist en Millenium. Una pena.

Pues eso, que leyendo la novela me he acordado de uno de esos misterios familiares sin resolver, que normalmente son bastante absurdos, pero que mosquean. Así pues:

• Noche Vieja de 2000. Los habitantes de la casa de mis abuelos se van a dormir. Previamente han tirado las bolsas de basura pertinentes, menos la del cubo, que está a medias y no es plan.

• 1 de enero. La señora de la casa, o sea mi abuela, se levanta y se da cuenta de que el cubo de basura está sin bolsa. ¿Quién ha tirado la bolsa de basura que estaba puesta?, se pregunta. A continuación lo hace a cada persona de la casa que se va levantando con cara resacosa. Nadie responde. Bueno sí responden, pero nadie sabe nada.

¿Quién fue? ¿Por qué lo oculta? ¿Qué había en esa bolsa de basura? ¿Por qué no puso otra bolsa en el cubo para no levantar sospechas? ¿Fue un fantasma?

Esas y otras preguntas deambulan por la casa sin respuesta y de vez en cuando salen a relucir, quitando sueños y tranquilidades.

22 marzo 2012

Cero

Esta noche he tenido un sueño un tanto raro. Yo estaba durmiendo apaciblemente en mi cama, y de repente oía el aleteo de un pájaro en el salón. Me levanto, voy al salón y veo una paloma dando vueltas como una desesperada alrededor del sofá y los muebles.

En vez de gritar como una descosida, que hubiera sido mi comportamiento más natural, le pregunto “¿Qué haces?”. A esto que el pajarito se para, me mira fijamente a los ojos y me dice “Oye, que me quiero ir”. “Vale”, le digo.

Acto seguido abro las ventanas de par en par, y mi amiga se va.

Hace un día soleado y el aire fresco me da en la cara.