Hace un tiempo leí un reportaje acerca de un chico muy especial. Especial porque tiene algo que tú y yo no tenemos: un tercer ojo. Además es un ojo mágico, porque no sirve para mirar, sino para oír. ¿Y qué es lo que oye? Pues solamente oye una cosa, o más bien, muchas cosas: los colores. Igual que ciertas plantas alucinógenas consiguen alterar nuestros sentidos, a él se lo consigue hacer su ojo. ¿Y por qué? Pues porque resulta que el chico es monocromático; bueno, no él, sino todo lo que ve. Él tiene lo que se llama acromatopsia. Por eso su tercera retina le va diciendo de qué color son las cosas en forma de notas musicales. Azul: do sostenido. Rojo: fa. Y así con todo el arcoiris. El chaval además es músico, así que su tercer ojo no le va a engañar ni lo más mínimo.
Después de un tiempo, lo volví a ver en el telediario, y salía contando los problemas que tiene en ciertos sitios como el cine, porque creen que va a piratear la peli, o en manifestaciones, porque creen que está haciendo vídeos, o en aeropuertos. No me quiero imaginar el tiempo que tiene que destinar a pasar los controles de seguridad. “Quítese usted eso” “Que no me lo puedo quitar, que es mío” “¿Cómo que no? ¿A que te lo quito yo?” “Señor, que esto es como si le quito a usted el brazo”. Y así con todos los viajes. Vaya tela. Por eso el chaval ha conseguido que le reconozcan gubernamentalmente como ciborg, es decir, persona con un dispositivo cibernético incorporado. Y es todo un mérito porque es el primero en conseguirlo. Tanto que hasta sale en la foto de la Wikipedia.
Bueno, pues una vez más (llamémosle por su nombre) Neil Harbisson se volvió a cruzar en mi vida, pero esta vez literalmente. Lo ví a lo lejos en una calle de mi barrio. “Anda, ¡es él!” No me lo podía creer. “¡Pero si vive en Barcelona!”. Así que según nos acercábamos le volví a mirar, él se dio cuenta, le volví a mirar con una sonrisa. Me devolvió tímidamente la sonrisa; le salude con la mano y le dije “¡Hasta luego!”. “¡Hasta luego!”, me dijo él.
Todavía me pregunto qué melodía le produje.
Después de un tiempo, lo volví a ver en el telediario, y salía contando los problemas que tiene en ciertos sitios como el cine, porque creen que va a piratear la peli, o en manifestaciones, porque creen que está haciendo vídeos, o en aeropuertos. No me quiero imaginar el tiempo que tiene que destinar a pasar los controles de seguridad. “Quítese usted eso” “Que no me lo puedo quitar, que es mío” “¿Cómo que no? ¿A que te lo quito yo?” “Señor, que esto es como si le quito a usted el brazo”. Y así con todos los viajes. Vaya tela. Por eso el chaval ha conseguido que le reconozcan gubernamentalmente como ciborg, es decir, persona con un dispositivo cibernético incorporado. Y es todo un mérito porque es el primero en conseguirlo. Tanto que hasta sale en la foto de la Wikipedia.
Bueno, pues una vez más (llamémosle por su nombre) Neil Harbisson se volvió a cruzar en mi vida, pero esta vez literalmente. Lo ví a lo lejos en una calle de mi barrio. “Anda, ¡es él!” No me lo podía creer. “¡Pero si vive en Barcelona!”. Así que según nos acercábamos le volví a mirar, él se dio cuenta, le volví a mirar con una sonrisa. Me devolvió tímidamente la sonrisa; le salude con la mano y le dije “¡Hasta luego!”. “¡Hasta luego!”, me dijo él.
Todavía me pregunto qué melodía le produje.
